jueves, 12 de marzo de 2009

Que al pedo...

Había una vez un hombre que tenia una loca pasión por los porotos, los amaba
aun cuando siempre le producían situaciones embarazosas debido a
estruendosas reacciones intestinales.

Un día conoció a una chica de la que se enamoro.
Cuando ya era una realidad que se casarían, el se dijo a si mismo:
" Ella es tan dulce y tan gentil, que nunca aguantaría algo como esto "

Así el tipo hizo un sacrificio supremo y abandono para siempre los porotos.

La pareja se caso y, algunos años después, un día el tuvo un pequeño
inconveniente con su automóvil mientras volvía del trabajo y llamo a su
señora:
- Cariño, llegare un poco tarde; tendré que esperar un largo rato hasta que
arreglen el auto.

En la espera, entro en una cafetería y no pudo resistir la
tentación..., pidió un plato de porotos, que estaba tan.. pero tan bueno que
decidió repetir 2 platos mas.

Se paso todo el camino a casa ventoseando cual motoneta tirándose terribles
pedos y al llegar a casa creyó estar lo suficientemente seguro de que había
expulsado hasta el
último gas intestinal.

Su esposa estaba muy contenta y agitada por su llegada. Al verlo, exclamo:
- Mi amor, esta noche tengo una increíble sorpresa para la cena...

Ella le vendo los ojos en la entrada de la casa y lo acompaño hasta una de
las sillas del comedor, donde lo sentó.

Justo cuando ella le iba a quitar la venda de la cara, sonó el teléfono.
Ella le dijo entonces:
- Por favor, cariño, no te quites la venda de la cara hasta que vuelva de
hablar por teléfono.

Tomando en cuenta la oportunidad y sintiendo inesperadamente una repentina e
inaguantable presión intestinal, apoyo todo su peso sobre una de sus piernas
y dejo escapar un impresionante pedo. De un nivel sonoro importante y tan
oloroso que solo lo soportaría el autor. Saco del bolsillo un pañuelo y
empezó a moverlo vigorosamente para ventilar la habitación.

Todo volvía a la normalidad; pero de pronto sintió ganas de tirarse otro,
por lo que volvió a apoyar el peso de su cuerpo sobre una pierna y lo dejo
escapar.

Comparado con el otro, este fue superior en decibeles y más oloroso aun.
Desesperadamente, movió con frenesí el pañuelo para ventilar el comedor,
invadido ya por un terrible tufo.

Con un oído atento a la conversación telefónica, le vinieron ganas de
tirarse uno mas, y se lo tiro. La cosa se puso difícil y por el aroma se le
hacia difícil respirar.

Siguió desesperadamente y con los ojos vendados, moviendo el pañuelo una y
otra vez para aventar aunque sea levemente aquel espantoso olor.

En un momento, oyó que su esposa colgaba el teléfono, lo que indicaba el fin
de su libertad. Coloco su pañuelo en el bolsillo del pantalón, cruzo sus
piernas y sus brazos y esbozo una sonrisa de oreja a oreja, intentando la
mejor imagen de la inocencia.
Disculpándose por haber estado tanto tiempo al teléfono, su esposa le
pregunta si se había movido el vendaje y había visto algo.
El le aseguro que no había visto nada y ella, entonces, le quito la venda de
sus ojos.

Y allí estaba la sorpresa:

Doce invitados a cenar, sentados alrededor de la mesa dispuestos a comenzar
su fiesta de cumpleaños sorpresa....

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola excelente relato Chris aunque no lo quieras aceptar escribes bien ¿Nunca pensaste en ser escritor serias el próximo premio Nobel en literatura?